¡Hey! Hoy os traigo la segunda hoja de diario perteneciente a la iniciativa de
El Tridente Literario.
Antes de nada, tengo que deciros que el texto que os voy a poner no está en forma de "diario" ya que me resultaba bastante difícil contar lo que quería contar en ese formato. Por ello pido disculpas al no respetar del todo la iniciativa. Añado que aun no siendo un diario, mantengo la parte de "Día uno".
También quiero comentar que aunque apoyo 100% la idea de la iniciativa, el tema que esta semana nos propuso Toni, el suicidio, no me agrada mucho, por lo que creo que no he estado a tope en este relato.
Bueno, no me enrollo más, aquí va:
Día uno:
Pulso las teclas casi sin ser consciente
de ello. Intento relajarme, pero no consigo que la obra salga tan perfecta como
quiero. Bueno, más bien, necesito.
Tengo que irme y ya está anocheciendo,
lo que supone que mamá y Alf vendrán enseguida.
Mis
dedos se deslizan sobre las distintas notas del piano mientras observo cómo la
grabadora va sumando minutos.
Posiblemente
te preguntes, amigo anónimo, por qué iba a grabar una pieza si estoy a tan sólo
unos minutos de cambiar de barrio. Al principio no lo tenía pensado, pero más
tarde creí que mis familiares y mascota se merecían que les dejase grabada una
de esas piezas que tanto les gusta.
Las partituras, de alguna manera, se sienten como si quemaran al
pasarlas y con ellas, se va aquella combinación de graves y agudos que me tanto
recuerda a la quinta sinfonía de mi ídolo, Beethoven.
Nota a nota, me va viniendo a la mente por qué hace días decidí que mis
dieciséis años serían los últimos, y es que no puedo ver un mundo sin él. Antes
del accidente no me daba cuenta, pero tras recapacitar, él fue quien me dio
algo por lo que vivir en aquellos años en los que ni papá ni mamá se ocupaban
de mí. Él me presentó a la música y, tras su muerte, me di cuenta de que no fue
ella la que me sacó de aquel vacío, si no él, esa nota de sueños y esperanza
que se apagó aquella noche de año nuevo.
La canción ha acabado y no me doy cuenta de que estoy llorando hasta que
una lágrima cae sobre la tecla que aún mantengo pulsada. Sin soltarla, paro la
grabación de mi móvil y lo cojo mientras me dirijo al baño.
Poco a poco me introduzco en el agua caliente y, una vez dentro de la
bañera, voy dibujando con una afilada hoja las notas de aquella primera partitura
que él me mostró.
Me relajo y, cuando me quiero dar cuenta Alf está junto a mí, ladrando
preocupado. Intento acariciarle, pero sencillamente me resulta imposible. A
medida que los segundos pasan, me va entrando sueño.
Aun así, alzo la vista y es entonces cuando advierto que está ahí,
vestido con esos pantalones holgados que tanto me gustaban y con su camiseta a
juego. La vista se me nubla pero puedo apreciar cómo las lágrimas le caen por
el rostro. En un instante dejo de sentir nada, así que decido levantarme y
abrazarle. No le siento, pero sé que le estoy tocando. Tampoco escucho nada,
pero a la vez oigo los ladridos cada vez más intensos de Alf, en armonía con
sirenas que ya no significan nada para mí.
Continuamos abrazados durante una eternidad, pero eso me gusta. Y es que
después de tanto tiempo le vuelvo a ver, a mi hermano, a mi muerte.
No olvidéis contarme qué os ha parecido el texto por los coments ^^
Gracias por leernos.
Un abrazo, Alba.