Buenaas
Hacía ya tiempo que no me pasaba por el blog y hoy lo he hecho con el motivo de comunicaros que participo en la iniciativa de El Tridente Literario.
El objetivo de la iniciativa es dar rienda suelta a la escritura, por lo que si sois escritores o queréis iniciaros en este mundo, os invito a que os paséis por aquí y os apuntéis a esta divertida iniciativa.
Esta semana, el mundo que nos plantea Toni es aquel en el que hay un apocalipsis zombie, algo bastante guay sobre lo que escribir.
Antes de pegar en esta entrada mi hoja de diario, os quiero decir que esta escritura ha sido fruto de una colaboración con el dueño del blog llamado Divooks. Por falta de tiempo, no se ha podido hacer con más gente (y con más gente me refiero a Celia) y tampoco hemos podido llevar la colaboración a gran escala. Es una pena, por lo que espero que en un futuro podamos participar más para crear grandes historias en torno a esta iniciativa.
He de decir que tanto la historia de Celia como la mía acaban de una forma "parecida" y que NO se ha hecho adrede, algo muy :O sí, sí, lo sé jajaja.
Bueno me dejo ya de tanto blablabla -xD- y os dejo por aquí este primer Día Uno:
Día uno:
Llevamos todo el día corriendo. Hace ya ocho horas que sonó la alarma de emergencias en las calles y, por primera vez, hemos parado a descansar.
Cuando el ruido infernal tomó el silencio nocturno de las calles, yo estaba durmiendo en casa de Noah, mi mejor amiga. Al despertar, noté que mi amiga no estaba en el mismo sitio donde la había dejado y la única persona que pude encontrar fue a su hermano, Nate. Decidimos unirnos y horas después seguimos de una pieza, afortunadamente.
Posiblemente te estés preguntando cómo he conseguido un valioso papel para escribir. Bien, pues me lo dio Nate hará veinte minutos cuando fue a asaltar lo poco que quedaba de un viejo supermercado. Sé que no es muy cómodo escribir sobre facturas, pero espero poder enviarte algún día un papel en condiciones.
Las autoridades no han dado grandes explicaciones respecto a la nueva epidemia. Las comunicaciones están cortadas y el único medio a través del cual nos pueden notificar novedades a los supervivientes es a través de las megafonías de los pueblos. El problema es que en la primera alarma dejaron terminantemente claro que no volverían a hablar por ese medio debido a la atracción que produce el ruido sobre los nuevos caminantes.
Según un viejo dicho, las normas están para incumplirlas y, horas después se nos volvió a comunicar que todos los supervivientes que consiguieran llegar a la pequeña isla que hay al sur del país serían recibidos para aislarlos de los caminantes.
En cuanto se nos presentó esta nueva esperanza, Nate y yo tomamos el control de la situación y nos empezamos a dirigir rumbo al sur. Ahora mismo estamos caminando por una autovía llena de coches parados, echando humo por el capó y con las ruedas pinchadas. Intentamos hacer el menor ruido posible y, como medida de prevención, nos hemos embadurnado la piel de sangre y órganos de futuros caminantes.
La situación mundial es bastante grave, ya que de la noche a la mañana ha aparecido este particular virus... Pero por lo pronto el aquí y ahora es algo irónico: Nate está situado delante mía armado y mirando a todas partes, mientras que yo escribo en esta vieja factura manchada de la sangre de una pobre niña que nos encontramos tirada en medio del asfalto.
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Llevamos varias horas caminando y la noche ya está sobre nuestras cabezas.
Hace frío y el único calor del que disponemos es el de una fina manta que encontramos en un tren. Le he propuesto a Nate encender una hoguera, pero se ha opuesto ya que no sabemos si la luz y el calor atraen a los caminantes. Para compensarme, me ha dado la manta, pero me he negado a quedármela yo sola, por lo que ahí está, dando calor a las botellas y a los cuchillos de caza.
—Esto es absurdo—me dice y se sienta a mi lado, rozándome y tapándonos a ambos con la manta mientras comemos una lata de albaricoque en almíbar.
Le miro, recordando cómo era nuestra relación hace apenas unos días: se basaba en un pasotismo total por parte de él hacia mí y por una admiración descomunal por mi parte. Noah decía que no era para tanto. Claro, que eso ya no importa ya que ahora seguramente esté muerta y su cadáver vaya buscando un cerebro vivo para comer... Ahora la situación es completamente diferente: nos protegemos el uno al otro, pero ni él me ignora ni yo estoy ciega de amor.
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He pasado una mala noche. Hemos hecho turnos para vigilar y poder dormir, pero ni podía conciliar el sueño cuando debería haberlo hecho ni tampoco cuando debía hacer guardia.
Hemos retomado la autovía nacional como referencia para continuar hacia el sur. Ahora soy yo la que lleva las armas, por lo que continuaré esta memoria cuando lleguemos a nuestro destino.
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No aguanto más. Las piernas se me bloquean y la garganta me pide a gritos algo de agua. Nate insiste en continuar ya que en el horizonte se ve el mar. Muy poco a poco nos vamos acercando hacia él y, una vez cruzado el istmo que lleva a la famosa isla que debería salvarnos la vida nos encontramos con... nada. No hay nada.
Ante nosotros debería haber un terreno vallado con militares y médicos que atendiesen a los supervivientes pero simplemente hay un trozo de terreno con un par de palmeras y unos cuantos cangrejos caminando entre ellas.
—Tal vez nos hayamos equivocado de autovía...—dice Nate para subirme los ánimos.
Pero ambos sabemos que cogimos el camino correcto. Minutos después, confusos sobre qué hacer y hacia adonde dirigirnos, decidimos sentarnos bajo la sombra de una palmera en la misma playa.
Antes de que podamos acomodarnos sobre el caliente suelo, este se empieza a mover como si de un terremoto se tratara. Nate y yo nos miramos y, sin decir nada nos preguntamos todo. Arqueo las cejas y la arena se empieza a desplazar y con ella, el suelo se abre bajo nosotros. Caemos durante unos segundos, aquello que parece una eternidad y entonces, chocamos contra lo que me recuerda a una colchoneta que solía utilizar en el gimnasio de mi instituto. El golpe es fuerte, pero no me hago daño. Intento incorporarme para buscar a Nate, pero una fuerte luz blanca me ciega. Entonces una suave voz masculina dice:
—Bienvenidos a la Unidad Militar de Evacuación Ciudadana.
—¿Papá?—consigo decir, anodadada.
Espero que os haya gustado, ¡hasta la próxima!
Alba.
¡Es genial!
ResponderEliminarMe lo he pasado muy bien haciendo esto.
¡Un abrazo!
No sólo el mío (you know what i mean)
EliminarYo también :P
Un abrazo, Alba.
Dios, ¡qué pedazo relato! Me ha gustado mucho en la situación que has puesto la protagonista :'3
ResponderEliminar¡Saludos! ¡Nos leemos!
¡Muchas gracias Toni!
EliminarNos leemos ^^
Un abrazo, Alba.